EL MITO EN MENDIVE

Cuando se afirma que la cultura de América Latina y del Caribe es el resultado de un mestizaje entre Europa y América precolombina o África, se piensa sobre todo en una fusión etnocultural, mientras se tiende a olvidar que su formación, a la vez, respondió a una hibridación histórico-cultural. Se insiste en una síntesis de razas y culturas diferentes, sin detenerse en el hecho de que las culturas sincretizadas no solo eran diversas por su identidad particular sino por su grado de desarrollo histórico.

El origen de la cultura latinoamericana, a la vez occidental y no occidental, no obedeció únicamente a un mestizaje ontológico de europeos, indios y africanos. Significó también la integración de hombres del feudalismo y del capitalismo con hombres formados en regímenes de comunidad primitiva, de «modo de producción asiático» y de otros precapitalistas. Además de este sincretismo en el plano de la conciencia, el capitalismo en América adoptó métodos arcaicos ―esclavitud, sistema de tenencia de tierra, etcétera―, propios de modos de producción anteriores.

Cuando veo performances de Mendive o sus cuadros me siento «el otro», en modo sutil y suave, no agresi­vo, y creo que quizás la mezcla entre humanismo y negritud ―para emplear una palabra acuñada por el gran senegalés Léopold Sédar Senghor― crea esta dimensión de la comunicación, del lenguaje, que lo hace a uno entrar en el universo de Mendive como si fuese agua, la cálida agua de las playas de Cuba; ello me ha dado la clave, quizás un poco dialectal y directa, de lectura de sus obras.

Me siento bien cuando entro en la obra de Mendive porque el hombre es total, compacto, coherente consigo mismo.

La vida está llena de encrucijadas, de encuentros fortuitos, pero también, desgraciadamente, de inexplicables desencuentros, de «senderos que se bifurcan», que no coinciden, o que —como ahora— finalmente se cruzan, convergen, pero muy brevemente, y en un recodo situado más allá de la mitad del camino. Uno no sabe por qué suceden estas cosas. Pero así es. Lo cierto es que me hubiera gustado haber escrito desde mucho antes sobre la extraordinaria obra de Manuel Mendive. Por diferentes razones nunca lo hice y ahora debo asumir las consecuencias.A pesar de mi admiración permanente por sus creaciones, ya no podré reconstruir mis primeros asombros y deslumbramientos, de manera queno podré escribir el texto que inicialmente imaginé. Por otra parte, su obra ha ido creciendo, ensanchándose, renovándose periódicamente e incorporando nuevas manifestaciones, y cualquier acercamiento serio, responsable, implicaría una labor de tono enciclopédico si pretende reflexionar sobre cada una de sus múltiples aristas. Y eso no es algo que pueda hacer ahora.

El alcance de una obra de arte trasciende su propia época, y en ocasiones, en los mejores casos, al artista mismo; el juicio más acertado de su valor proviene justamente de la legitimidad que le aporta el paso del tiempo. Mirada retrospectivamente, la creación de Manuel Mendive Hoyo (La Habana, 1944) constituye un corpus coherente, en el que los períodos (estudiados por escritores, críticos e investigadores), cuyo análisis detallado escapa a la intención de este trabajo,[1] se suceden y entretejen, se interpenetran sin violencia, armoniosamente. Cada uno de estos períodos tributó obras mayores a la visualidad del arte cubano contemporáneo, independientemente de los juicios de valor emitidos en los diferentes momentos.

Mendive comienza a desarrollar su obra en los años inmediatamente posteriores a enero de 1959. Pionero del body painting y la performance en Cuba, su propuesta significó un cambio de sensibilidad en el arte nacional. Fue suya, más allá de dificultades y contratiempos, la decisión de vivir y trabajar en la pequeña isla del Caribe. Desde allí, el mundo lo descubriría; desde allí comenzó a irradiar fuera de las fronteras insulares. Hoy por doquier retumba el eco que su paso por la cartografía mundial va dejando.